oras

“Allá por el año 1305, poco después de la cesión que hizo Don Guillermo de Angularia a la Orden del Temple del señorío de Cúllar, en el que estaba incluido el poblado de Benassal con sus alquerías y habitantes cualquiera que fuese su ley, sexo y condición, los caballeros de las órdenes del Gran Maestre frey Berengario de Cardona fijaron su residencia en el castillo de la Mola, del que sólo quedan unos arcos en la parte más elevada del pueblo.

* * *

Es fama que, al regresar cierta tarde de Cúllar, uno de los templarios llamado Don Cristóbal Asens, cabalgaba contemplando distraído los girones de niebla que flotaban en las hondonadas, fingiendo tenues velos que se unían o desplegaban fantásticamente en el espacio, cuando un rumor de pasos le arrancó de su contemplación, haciéndole volver el rostro con enojo. Por vecino sendero y en opuesta dirección caminaba una joven mora de excepcional hermosura. Su talle esbelto y su figura gallarda eran el complemento de un rostro adorable, iluminado por dos ojos obscuros llenos de dulzura y animado por unos labios rojos y hechiceros. Servían de precioso cerco de su cara unos cabellos castaños de ondulaciones armoniosas que abanaban con picaresca gracia por el centro de la frente, como si protestaran de no poder contemplar tan encantador conjunto. La mirada absorta del caballero se clavó en las pupilas de la joven, que saludó respetuosamente siguiendo su camino. Érase la tal hija de un moro adinerado que vivía en el grupo de casas que en la cumbre del monte rodeaban la que fue mezquita, consagrada ya, a la razón, como ermitorio de Nuestra Señora de Gracia por el primer párroco de Benassal, Nadal de la Fitera.

Desde aquel día, las visitas del templario a la ermita fueron frecuentes, procurando en ellas ver a la hermosa joven, que se esforzaba por parecer esquiva a los cautelosos galanteos de Asens. Luchando este entre los apremios de su ilusión y los deberes que le imponían sus votos, lo que pudo ser en sus comienzos impresión pasajera acabó por dominarle de tal suerte, que, sin darse cuenta, vagaba constantemente por aquellos montes ocultando con simuladas cacerías el verdadero objeto que lo impulsaba. En una de aquellas exhibiciones llegó sediento a un manantial que brotaba en el seno de una peña en la vertiente del Moncatí, y oculto entre un grupo de olmos y laureles alimentaba amplia y profunda alberca orlada de musgo, yedras y violetas silvestres.

Atónito quedóse Asens al encontrar allí a la hermosa joven, que aparentando ignorar la impresión que había causado en el caballero, saludó cortésmente e hizo ademán de partir, pero éste la detuvo preguntándole cuál era su nombre.

– Oras, señor- dijo ella, cubriéndose su encantador semblante de ruborosa modestia.

– Felices las pasaría, si lograr ser dueño de tu corazón- repuso conmovido el templario.

-Sierva vuestra soy como todos los de mi raza, y ya que nada me pertenece, dejadme al menos el corazón libre.

– Bien sabes, niña, desde hace tiempo que la sierva se ha troncado en soberana, y que yo no aspiro a más que a ser dueño de tu amor- objetó el caballero, tomando su mano e invitándola a sentarse sobre un añoso tronco que en la orilla de la alberca había.

Trémula y confusa calló la joven, mientras Asens, loco de aventura, deslizaba en su oído con apasionado acento la secreta historia de su pasión, el cómo desde el primer momento se había apoderado de su alma sin resistencia posible; hasta qué punto era ya un esclavo que alimentaba sólo la aspiración de darse todo entero a su amor, sacrificando todo, si preciso fuese, en aras del ser amado, por el que sostenía inacabable luchar con el deber, convencido de que su piedad era impotente ante su ternura.

La mora silenciosa, con la cabeza abatida y los ojos húmedos, ni asentía ni rechazaba aquellas dulces frases que, flotando en un ambiente de romanticismo, llegaban a sus despiertos oídos, tenues pero insinuantes y sugestivas, produciéndole aquellas ternura un arrobamiento inefable.

– ¿Por qué no contestas, cielo mío?- dijo Asens contrariado al ver el persistente silencio de la joven.

– Porque no debo, señor, porque al revelarme vuestro cariño me habéis hecho la más desgraciada de las mujeres, por la imposibilidad de realizar esos ensueños que con tanta vehemencia acariciáis; porque todo lo que podáis decirme de vuestro amor está muy lejos aún de lo que yo me he dicho a mí misma al pretender ahogar el mío; porque yo os amo también. Asens, ¿a qué negar los que mi emoción exterioriza? Pero os ruego tengáis lástima de una desgraciada mujer y tratéis de olvidarla, única manera de salvar esta situación equívoca y evitar los males que sobre nosotros se ciernen, no lejanos, vagos e indefinidos, sino próximo y ciertos. Si el Gran Maestre conociera vuestro amor os sometería a un proceso de fatales consecuencias; si mi padre supiera que amo a un cristiano, me mataría o se moriría de pena.

– Desecha pueriles temores – objetó el templario -, que la verdadera, la única amargura posible para mí es la privación de tu cariño. El corazón no admite convencionalismos sociales, y si crees que soy víctima de un ensueño, déjame soñar, que la realidad de la vida jamás logra alcanzar el encanto que un ensueño de amor nos proporciona.

Las entrevista de los enamorados se sucedieron una veces en la cueva del Antebrusco, otras en el manantial, favorecidos por la fidelidad y la astucia de un esclavo que les servía de intermediario. Así transcurrieron los días hasta que Asens recibió una orden de marchar precipitosamente a Peñíscola.

Al amanecer del siguiente día se citaron los amantes para despedirse en la misma fuente donde tuvieron la primera entrevista.

– Júrame, Oras – dijo Asens al ver a al joven que densamente pálida lo estaba esperando junto a la alberca -, júrame guardar cariñoso culto a mi cariño.

– No Cristóbal, respeta mis supersticiosos temores, no exijas juramentos que no necesitas; ¿dudas por ventura que cuando estés solo y triste yo no lo estaré menos, porque tendré que ocultar los pesares vigilando mi ros otro y mis palabras para que no me traicionen?; ¿temes que te olvide? – añadió sonriendo tristemente – Mira el fondo de esa tranquila agua como refleja nuestras imágenes: pues, si te olvido, sean estas mismas aguas, testigo hasta hoy de nuestros amores, tumba de mi falsía. Poder para el castigo no falta al señor, resolución para sufrirlo, sobra a la sierva.

– Fío en ti, Oras, y ocurra lo que ocurra, pese a quien pese, véate o no te vea, tuyo soy siempre – repuso Asens depositando un beso de fuego en los pálidos labios de su amada y saltando sobre su montura para desparecer en el bosque.

* * *

Desagradables incidentes precursores de las calumnias de que eran víctimas los cruzados del temple, obligaron al caballero a marchar desde Peñíscola a Francia con pliegos reservados. Allí adquirió el convencimiento de que se avecinaba un desenlace funesto para la orden a que pertenecía, por las intrigas de los poderosos interesados en extinguir aquel organismo social tan protegido por los reyes con privilegios y donaciones.

Pero todos aquellos sucesos de tan excepcional importancia ocuparon lugar muy secundario en la mente de Asens, dominada en absoluto por el recuerdo de Oras, visión encantadora para él, nunca evocada y siempre presente. Cumplida su misión, el regreso no se hizo esperar.

Llegado que hubo a Benasalá, saboreando con deleite la impresión que produciría en su amada tan inesperado retorno, salió del pueblo cautelosamente por el camino de Culla. Al llegar atravesando sendas a la vertiente occidental del monte, les sorprendió una de esas tormentas estivales que en aquellos parajes resultan tan imponentes como peligrosas. Una penumbra grisácea fue poco a poco circundándolo todo, una nube plomiza cubrió el espacio, iluminando sólo por cárdenas cintas de fuego; los sueños comenzaron a retumbar en aquellas montañas con horrísono e inacabable fulgor; gruesas gotas de lluvia caían  con violencia sobre la abrasada tierra, haciéndola exhalar ese olor penetrante y característico de la tierra superficial mojada; y el huracán sacudía violentamente los troncos de los árboles, desgajando su ramas y azotando el rostro del caballero, que, mojado y maltrecho ,se hubo de cobijar en el repliegue que formaban las rocas junto a la alberca tantas veces objeto de recuerdo. Pretendiendo disipar el supersticioso temor que la tormenta le produjera, guarecido aquí pensó: Esperaré se disipe la nube y luego subiré a la ermita, daré gracias a la Virgen por mi feliz retorno y veré a Oras, porque todas estas gentes saldrán a saludarme después de tan prolongada ausencia.

Como si la naturaleza quisiese entonces desenojar al templario favoreciendo su proyecto, un girón de cielo apareció azulado y brillante en el horizonte y un rayo de sol, filtrándose por los intersticios  de las obscuras nubes, surcó la atmósfera dándoles un beso de fuego a la tormenta, que al mirarse vencida, huyo atropelladamente avergonzada desprendiendo algunas lágrimas por su derrota.

Dominado por una inexplicables tristeza y evocando una tras otras todas las dulces remembranzas de sus amores, permaneció Asens sentado sobre el mismo tronco testigo mudo de su pasada dicha, contemplando el agua de aquellas alberca, en cuyas superficie se dibujaban y se confundían múltiples círculos concéntricos al contacto de las gotas de la pasada lluvia, que se desprendían temblando de los olmos y laureles que le servían de toldo. Así permaneció largo rato. Una meditación profunda absorbía todo su ser, las nubes que el cielo habíanse disipado, iban lentamente acumulándose en el corazón que palpitaba apresurado como si presintiera una desgracia. Dióse al fin cuenta de su estado y se levantó resuelto a dominar aquella inconcebible nerviosidad y proseguir su camino; pero la fascinación que le producía la superficie del agua, ya tranquila y transparente, atrajo de nuevo su mirada, porque, lo propio que el día de su última entrevista con Oras, vio dibujarse entre los limos del fondo la imagen de la joven, y… otra que no era la suya, sino la de un joven moro que la recibía con sus brazos. Las aguas habían sido más fieles al caballero que la mujer.

* * *

Aquella tarde, al ir el ermitaño de Nuestra Señora de Gracia a tocar ánimas, encontró tendido en las gradas del altar a un templario con el pecho atravesado por una daga que llevara al cinto, y oprimiendo su helado labios con un medallón. Acercóse para prestarle auxilio, y al incorporar el casi animado cuerpo, abrió Asens sus vidriados ojos y con voz tan apagada cual si saliera de una tumba dijo: Tuyo soy siempre… – y expiró.

Aquella modesta ermita, lugar del trágico suceso, fue derruida por orden del Gran Maestre, que a expensas de la orden construyó otra más espaciosa, dándoles la advocación de San Cristóbal, en memoria del nombre del malogrado caballero.”

El barón de Alcahalí.

 Texto original en castellano de la  leyenda “La ermita de Sant Cristòfol” de J. Ruiz de Lihory, Barón de Alcahalí; con adaptación ortográfica de Alvar Monferrer i Monfort.