olivo

Olivo entre peñascos de la sierra,
al que un invierno cruel heló tus ramas,
dejándote desnudo, entre retamas,
en campo pedregoso, horro de tierra.

Herido de muerte en esa fría guerra,
quiso Atena, cuya poder proclamas,
mantener para siempre, en pie, tus famas,
con el valor que tu  virtud encierra.

Cincuenta años tus brazos han estado
clamando a un cielo que les dio la vida,
y que luego, inclemente, la ha quitado.

Hoy, primavera en zueca verdecida,
podemos verte, el soplo renovado,
con tu rama apuntando florecida.

                                                                                                                     Arturo Esteve Comes

Este olivo silvestre (acebuche), formado por dos troncos de 4,76 y 3,15 metros de perímetro, sobre peana de 12,10 metros, se heló en el duro invierno de 1956, junto con otros miles de olivos, algarrobos, almendros, etc.

Sus dueños, D. Julio y Dª Gertrudis, siempre lo tuvieron como un árbol de jardín. Para ellos era, no el acebuche citado en la Biblia con el nombre de agrielaios/ἀγριέλαιος (el olivo silvestre o el olivo amargo), sino como un verdadero kalielaios/καλλιέλαιος (el buen olivo o el hermoso olivo cultivado del huerto) y fue tal su disgusto, que  nunca quisieron aprovechar sus despojos. Lo conservaron seco, tal como la naturaleza lo había dejado, y como el devenir del tiempo lo iba modelando: una ramita rota, un trozo de corteza desprendido.

En 2012 el olivo rebrotó de su tocón (soca) como un verdadero “Ave Fénix” de nuestros tiempos. ¡Después de casi cincuenta años de hibernación! ¡Sorprendente milagro de una naturaleza, que nunca dejará de asombrarnos! La solidez de la madera del acebuche ha hecho que, a lo largo de los años, el árbol no se haya visto afectado por los insectos (termitas, polillas) y, pese a no haber sufrido ningún tratamiento, los troncos, aunque resecos, se han mantenido en perfecto estado de conservación.